
La noche que debía ser una fiesta en Avellaneda terminó empañada por los graves incidentes provocados por la parcialidad de Universidad de Chile en el Libertadores de América–Ricardo Bochini.
El encuentro entre Independiente y el conjunto trasandino, correspondiente a los Octavos de Final de la Copa Sudamericana, fue suspendido tras la barbarie que se desató en la tribuna visitante.
Los hinchas de la U iniciaron los disturbios desde la Pavoni Alta: prendieron fuego butacas, arrojaron proyectiles, botellas y bombas de estruendo contra los simpatizantes locales. Incluso se registró la caída de un hincha chileno desde la tribuna, producto de la violencia generada en su propio sector. El saldo fue dramático: heridos, corridas, destrozos y más de 90 detenidos.
Pese a la presencia de un importante operativo policial y seguridad privada, la CONMEBOL decidió suspender definitivamente el partido cuando el marcador estaba 1-1. La decisión, más allá de las justificaciones oficiales sobre las “garantías de seguridad”, terminó perjudicando directamente a Independiente, que se había mantenido al margen de los disturbios y se encontraba listo para continuar el juego.
El Rey de Copas otra vez paga las consecuencias de la irresponsabilidad ajena: mientras el plantel de Julio Vaccari mostraba profesionalismo y compromiso, fueron los desmanes de la hinchada visitante los que arruinaron la jornada. Ahora, el caso quedará en manos de los órganos judiciales de la CONMEBOL, que deberán determinar cómo sigue la serie.
En Avellaneda quedó claro: Independiente quería jugar, pero la violencia importada desde Chile se encargó de apagar la ilusión de una noche copera.