Una elección de chico que con el tiempo encontró una explicación mucho más profunda.
Claudio Gómez creció en Posadas, en un contexto donde “todos son hinchas de Guaraní Antonio Franco, Boca o River”. Sin embargo, siendo apenas un nene, rompió con lo establecido: “Tendría seis o siete años y en pleno almuerzo tiré: ‘Quiero ser hincha de Independiente’”.
No hubo motivos claros. “No se trató de un acto de rebeldía” ni de la influencia de alguien cercano. Fue, simplemente, una decisión natural. Con el paso del tiempo, esa elección se transformó en una pasión vivida en soledad, lejos de Avellaneda y sin poder compartirla con su entorno.
Durante años, el sueño de conocer la cancha fue inalcanzable. Hasta que a los 18 decidió hacerlo realidad: “Junté algunos billetes, mucho coraje y me escapé”. Viajó solo para ver al Rojo y cumplió ese deseo tan esperado.
El ingreso a la Doble Visera fue especial, pero lo que más lo marcó llegó después: “Me recosté, estiré las piernas y apoyé la cabeza en un escalón… me sentía relajado, protegido, amparado por esos desconocidos”. En ese momento entendió que ese lugar también era suyo.
Tiempo más tarde, su vida dio un giro inesperado cuando fue convocado por Abuelas para avanzar en la restitución de su identidad. En medio de ese proceso, apareció una respuesta que parecía estar guardada desde siempre. Dentro de una caja con objetos de su padre, encontró algo que lo atravesó por completo: “Ahí en el fondo estaba el carnet de Independiente”.
Aquella elección de la infancia dejó de ser casual. Su historia con el Rojo, incluso antes de saberlo, ya estaba escrita.
Fuente: Perfil


